humana compasión y amor

”el
propósito de la vida no es felicidad sino experiencia"…


Ningún hombre ama a Dios si aborrece a sus semejantes,
Quien pisotea el corazón o el alma de su hermano;
Quien busca encadenar, nublar o ensombrecer la mente
Con miedos del infierno, no ha percibido nuestra meta.
Dios nos envió todas las religiones benditas
Y Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida,
Para dar descanso al de pesada carga
Y paz para el dolor, el pecado y la lucha.
Contemplad al Espíritu Universal que ha llegado
A todas las iglesias, no a una solamente;
En la mañana de Pentecostés una lengua de fuego
Rodeando a cada apóstol como un halo brilló.
Desde entonces como buitres famélicos y voraces,
Hemos combatido a menudo por un nombre sin sentido,
Y buscado dogmas, edictos o credos,
Para enviarnos los unos a los otros a la hoguera.
¿Está Cristo dividido entonces? ¿Fue Pedro o Pablo,
Para salvar al mundo, clavado al madero?
Si no, ¿por qué, entonces, tales divisiones?
El amor de Cristo abarca tanto a vosotros como a mí.
Su puro dulcísimo amor no está confinado
Por credos que segregan y levantan una muralla.
Su amor envuelve y abraza a toda la humanidad,
No importa lo que nosotros nos llamemos de Él.
Entonces, ¿por qué no aceptar Su palabra?
¿Por qué sostenemos credos que nos separan?
Sólo una cosa importa ser oída;
Que el amor fraterno llene todos los corazones.
Sólo hay una cosa que el mundo necesita saber,
Sólo hay un bálsamo para todos los dolores humanos,
Sólo hay un camino que conduce hacia los ciclos,
Este camino es: humana compasión y amor.
--Max Heindel

ver vídeo: CREDO o CRISTO

*
del libro Concepto Rosacruz del Cosmos de Max Heindel

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lunes, 26 de mayo de 2014

XXII - LA GUERRA: FILOSOFÍA Y POSICIÓN ANTE ELLA



XXII
LA GUERRA: FILOSOFÍA Y POSICIÓN ANTE
ELLA

Cuando acontece una gran crisis en nuestras vidas
somos puestos frente a ciertas situaciones y, en
consecuencia, llamados a tomar decisiones que a
menudo van a requerir de nosotros que hagamos
una importante revisión en cuanto a ideas e ideales,
incluidos aún los más preciados principios que
nosotros hubiéramos concebido y mantenido hasta
el momento. Cuando tienen lugar tales crisis sería
un suicidio espiritual, mental, y moral tratar de
esquivar o evadir la decisión que deba ser tomada,
sin importar el precio que haya de ser pagado. Suele
decirse, sí, que la conciencia es una joya, pero, si
fuésemos verdaderamente sabios, estaríamos
dispuestos a cambiar o a pasar revisión a nuestras
ideas cuando la ocasión realmente lo demandase o
exigiese.
Las enseñanzas rosacruces siempre han estado de
acuerdo con la sentencia bíblica de "No matarás",
sentencia sobre la que no fue hecha salvedad o
excepción alguna, si bien algunos han llevado el
principio que esta idea entraña a tal extremo que,
por no matar, no matarían una mosca. En cualquier
caso, la mayoría siempre ha pensado correctamente
en el sentido de que el mandato no quería que
protegiésemos las pestes ni los microorganismos,
los cuales se cobran tan terrible impuesto sobre
vidas humanas. Estas cosas – pestes y
microorganismos – siendo en realidad
manifestaciones de malos pensamientos, se
encuentran fuera de toda protección. Por ello,
quienes así han pensado y piensan nunca ha tenido
intención de permitir que sus cuerpos o los cuerpos
de sus hijos sean invadidos por gusanos antes que
proceder a acabar tanto con las pestes como con los
microbios. Muchos de los éxitos en el campo de la
salud e higiene podrán alcanzarse aún en muchos
ámbitos y lugares teniendo en cuenta las presentes
indicaciones. Asimismo, por otro lado, y en el mismo
orden de cosas, hay que estimar que sería una
absurda aplicación del mandato "no matarás" el
hecho de permitir que las bestias de presa o los
reptiles venenosos pudieran vagar entre nosotros
poniendo de esta forma en peligro la vida de las
personas, por lo que, llegado el caso, es tolerable y
permisible estar dispuesto a matar para librar a
la sociedad de semejante o parecidas amenazas.
El código ético del mandato bíblico implica que
únicamente es pecado - o error, conforme al mismo -
matar simplemente, sin necesidad última para
comer, o por lucro, o por deporte. Y, matar a un ser
humano, aparece ante la mayor parte de nosotros
como tal imposibilidad, que comúnmente se nos
presenta como algo no contingente. Más aún, los
rosacruces - tal cual se explica en otro apartado
específico –se han pronunciado permanentemente
frente a la pena capital, y ello tanto por ser
fundamentalmente errónea como a su vez por su
inutilidad, pues cuando el espíritu de un asesino es
liberado de su cuerpo, en ese momento es puesto
en libertad en el mundo espiritual, es decir, en el
mundo del deseo, donde puede, y a menudo hace,
es trabajar sobre otros seres a fin de inducirlos en la
comisión de crímenes semejantes a los suyos. Por
tanto, es mucho mejor proceder a encerrarlo en una
prisión para intentar reformarle, de modo que,
aunque no se recupere en esta vida, pueda lograr
respetar en futuras existencias la sacralidad de la
vida o vidas ajenas.
Pero si bien es posible tratar de este modo con el
asesino individual, el caso resulta en cambio muy
diferente cuando una nación entera – extiéndase a
grupos terroristas en general - ataca a ciegas a otra,
con la consecuencia de innumerables
asesinatos, incendios premeditados, destrucción y
pillaje. En casos semejantes resulta imposible poner
en prisión a toda una nación, por lo que habrá que
buscar medios de defensa diferentes, o también más
drásticos y definitivos
En la vida civil de Occidente tenemos en general
reconocidos el derecho y ley de autodefensa
proporcional, lo que permite a la presunta víctima
ante un posible asesino la posibilidad de matar antes
de ser matado, derecho que no nadie puede
pretender que decaiga porque un millón de asesinos
puedan vestirse de uniforme y salgan de manera
audaz y tristemente descarada proclamando su
intención de matar, o bien porque intenten justificar
su acción por el mero hecho de ser una acción
colectiva en lugar de hacerlo a título individual.
Siendo agresores, son asesinos, por lo que sus
presuntas víctimas disponen de un derecho moral
incuestionable para defender sus propias vidas
matando si a ello hubiere lugar a quienes
incuestionablemente intentan matarlos
De aquí que, desde el punto de vista espiritual,
la justicia o injusticia de una guerra dependa de la
siguiente cuestión primordial: ¿quién es el agresor y
quién la víctima?
Dicha pregunta tiene una fácil respuesta cuando la
guerra se inicia con propósitos de conquista, o
cuando la guerra es emprendida con un propósito
altruista tal como la emancipación de un pueblo
sometido a la esclavitud física, industrial, comercial o
religiosa. No necesita, pues, argumento para ser
demostrado que en tales casos el opresor es al
tiempo el agresor, y que el libertador es el defensor
de los derechos humanos, los cuales son
inseparables e inalienables a las personas por su
mera condición de haber nacido tales. Éste último, el
libertador-defensor de aquellos derechos, estaría
cumpliendo con el sagrado deber de ser "el guardián
de su hermano".
Por tanto, una vez que esto ha sido comprendido, no
podemos ser engañados por fuegos fatuos
diplomáticos puesto que tenemos una luz verdadera,
disponemos de una pauta para ayudarnos a
discernir debidamente entre lo justo y lo injusto. De
donde se colige que siempre habría de ser mucho
más noble y heroico enfrentarse a un pelotón de
fusilamiento por abandonar o rehusar entrar en el
ejército agresor, o mismamente por huir de nuestro
país natal, o aun por unirse a las filas de unos
defensores con la más humilde capacidad, que tener
u obtener una posición del más alto honor entre los
agresores.
De esta suerte, y exactamente ante este tiempo del
milenio tercero d.C., debemos preguntarnos
exactamente ¿está justificado el ataque o la guerra
sobre quien disponga de armas de destrucción
masiva? Y la respuesta tal vez pueda deducirse en
función de lo que se responda a la pregunta
siguiente: ¿a alguna persona de la raza que fuere y
con la formación que ostente, se le detiene, ataca o
encarcela porque debidamente haya hecho acopio
de la más amplia y mortífera gama de armas en
los Estados Unidos de América? Y es aquí donde la
ley de analogía "como arriba es abajo y viceversa"
donde con efectividad puede ejercer de cicerone
tocante al campo que concierne a lo justo y a lo
moral, pues, por lo mismo - ley de analogía - hemos
de preguntar de nuevo ¿es que a los países que
disponen de arsenal atómico son atacados o se les
declara la guerra? Pero ahora, sin embargo, lo
siguiente ¿racionalmente dejaríamos en manos de
un niño un arma para que juegue, y sobre todo si
fuese altamente peligrosa?, pues con los países
ocurre de idéntica forma a como ocurre con las
personas, exactamente igual. De aquí que se
procure que los niños desistan de su empeño de la
forma más útil y menos dañina posible. Sin embargo,
esta posición debe concordar indudablemente con
aquella otra que alerta acerca de que todos
debemos hacernos competentes para que llegado su
tiempo, y disponiendo a nuestro alcance de
cualquier arsenal, sepamos dominar nuestros
impulsos respecto a su utilización exclusivamente
defensiva o debida guarda. Fijémonos, de otro lado,
que, en numerosas situaciones, más valdría que nos
preguntáramos por qué construimos tales y cuales
artefactos cuando de antemano sabemos que
únicamente han de servir en el futuro para matar.
Porque si esta pregunta nos la formuláramos
conectada o unida al principio de "nunca inicies una
guerra", ello, con seguridad, ayudaría a darnos una
poderosa y nítida luz tendente al bienestar a la vez
que a la paz y seguridad del mundo. La situación
más cercana a lo que, en cuanto a la guerra se
refiere, puede ser entendido y aceptado en calidad
de defensa preventiva, consistiría en aquella
situación en la que, conocidas amplia y debidamente
contrastadas tanto las acciones preparatorias y
necesarias de guerra como la intención de llevar a
cabo por parte de un presunto agresor un inminente
e ilícito ataque, y agotados que fuesen todos
cuantos esfuerzos humanos hubiese requerido
solicitar el desistimiento, aquél, el agresor, osase no
obstante llevarlo a la práctica de manera indubitada
e irreversible.
De otra parte, y siempre de acuerdo con los
principios espirituales más nobles y
elevados, es una obligación moral de primer orden
luchar con los defensores. Entre más grande el
sacrificio, mayor el mérito, y el que evade este deber
sagrado de defender el hogar, a los suyos y a su
país, o mismamente rehúsa luchar por los oprimidos,
está sujeto a responsabilidad. Más aún, entre mayor
sea la emergencia, mayor el sacrificio que la
empresa requerirá; si bien tampoco está reservado
este gran privilegio a los de mucho músculo y
anchos hombros, pues todos estamos atados por el
deber y muchas son las formas en que puede
servirse en pro de la defensa. Añadir que, al surgir la
ocasión en que la defensa de los demás o de sí
mismo se convierte en ineludible, entre más dura se
haga la campaña, más corta y afortunada será ésta.
Por tanto, en ello no deben tolerarse medias tintas, y
la neutralidad bajo semejantes circunstancias debe
ser considerada, cuando menos, como un error de
norma o pecado de omisión.
Es bien sabido por los estudiantes de ocultismo que
las guerras son instigadas e inspiradas por las
Jerarquías Divinas, las cuales usan de una nación
para castigar a otra debido a sus pecados o errores.
Aun un estudio superficial de la Biblia nos
proporcionaría muchos ejemplos al respecto. En tal
contexto, no se pretende significar que el vencedor
sea del todo justo, pero sí viene a mostrar que la
nación vencida ha hecho lo malo y merece el castigo
infligido, la cual, usualmente, suele caracterizarse
por notas de arrogancia e impiedad. Y, del mismo
modo, tampoco es signo de que se goza del favor
divino el hecho de resultar victorioso por algún
tiempo, pues tal circunstancia puede muy bien ser
producto del ejército invisible que apoya las armas
del agresor, prologando la lucha con el propósito de
hacer que su derrota final sea más completa y
desastrosa, enseñando por otra parte a los
defensores una lección que nunca habrían podido
aprender mediante una lucha corta y decisiva.
Tal viene a ser brevemente, desde el punto de vista
espiritual, la filosofía de la guerra y la posición ante
ella, sin que suponga distinción alguna acerca de
quiénes puedan ser las naciones o grupos humanos
implicados.
Si aplicásemos los principios expuestos a sendas
guerras mundiales, respecto de la primera, o Gran
Guerra, y acercándonos al fondo del asunto,
podríamos decir que fueron los militaristas de los
Imperios Centrales quienes la propiciaron con mente
amplia y libre de falsos prejuicios, pues ellos fueron
quienes la estuvieron preparando durante
generaciones, y que el cinco de julio de 1914, en la
famosa Conferencia de Potsdam, cual más tarde
han venido a reconocer, acordaron provocar una
guerra al cabo de pocas semanas, semanas durante
las que los banqueros de tales naciones se
dedicaron a manipular los mercados a fin de amasar
los recursos financieros más elevados posibles. Ello
señala sin lugar a duda a los austro-germanos como
agresores, quienes bajo la fascinación de los
Espíritus de Raza adiestraron a sus millones de
fieles para ser lanzados contra el resto de naciones
involucradas. Ultrajados los belgas al comienzo, sus
vecinos, Francia e Inglaterra, hicieron suya la causa
y actuaron en dicho aspecto como el guardián de su
hermano. Pero, al no encontrarse preparados,
resultaron incapaces de dar a la lucha una
terminación pronta y decisiva. En consecuencia se
hizo necesario que los Estados Unidos entrasen en
el conflicto a fin de restaurar el equilibrio y devolver
la paz y la seguridad a aquéllos que entonces eran
demasiado débiles para auto-protegerse.
Tocante a la Segunda Guerra Mundial, qué decir a
estas alturas junto a todo el desastre provocado por
los devastadores postulados nazis con sus
oprobiosos y perversos campos de concentración.
Por ello, y en aras del general conocimiento
adquirido, no hemos de insistir más.
En todo caso, y a salvo naturalmente todo error
natural tanto de personas aisladas como de país en
su conjunto, dado que la infabilidad absoluta y
eterna no existe, siempre ha sido sin embargo
motivo de júbilo que los Estados Unidos se hayan
visto obligados a entrar en campañas militares
ajenas bajo el altruista papel de defensor y
emancipador de los débiles. Si justo es este
reconocimiento, así lo hacemos y así lo expresamos.

*
del libro "Los Rosacruces" de Antonio Justel

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