humana compasión y amor

”el
propósito de la vida no es felicidad sino experiencia"…


Ningún hombre ama a Dios si aborrece a sus semejantes,
Quien pisotea el corazón o el alma de su hermano;
Quien busca encadenar, nublar o ensombrecer la mente
Con miedos del infierno, no ha percibido nuestra meta.
Dios nos envió todas las religiones benditas
Y Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida,
Para dar descanso al de pesada carga
Y paz para el dolor, el pecado y la lucha.
Contemplad al Espíritu Universal que ha llegado
A todas las iglesias, no a una solamente;
En la mañana de Pentecostés una lengua de fuego
Rodeando a cada apóstol como un halo brilló.
Desde entonces como buitres famélicos y voraces,
Hemos combatido a menudo por un nombre sin sentido,
Y buscado dogmas, edictos o credos,
Para enviarnos los unos a los otros a la hoguera.
¿Está Cristo dividido entonces? ¿Fue Pedro o Pablo,
Para salvar al mundo, clavado al madero?
Si no, ¿por qué, entonces, tales divisiones?
El amor de Cristo abarca tanto a vosotros como a mí.
Su puro dulcísimo amor no está confinado
Por credos que segregan y levantan una muralla.
Su amor envuelve y abraza a toda la humanidad,
No importa lo que nosotros nos llamemos de Él.
Entonces, ¿por qué no aceptar Su palabra?
¿Por qué sostenemos credos que nos separan?
Sólo una cosa importa ser oída;
Que el amor fraterno llene todos los corazones.
Sólo hay una cosa que el mundo necesita saber,
Sólo hay un bálsamo para todos los dolores humanos,
Sólo hay un camino que conduce hacia los ciclos,
Este camino es: humana compasión y amor.
--Max Heindel

ver vídeo: CREDO o CRISTO

*
del libro Concepto Rosacruz del Cosmos de Max Heindel

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martes, 27 de mayo de 2014

XVII LA ORACIÓN DEL PADRENUESTRO: su exégesis



XVII
LA ORACIÓN DEL PADRENUESTRO: su exégesis

Dada por el mismo Cristo, no se trata sino de una
composición abstracta y algebraica de naturaleza
espiritual que sirve para ayudarnos a mejorar y
purificar todos y cualquiera de nuestros vehículos.
Se compone de siete oraciones, de las que tres de
ellas hacen alusión a los vehículos del Ego, otras
tres al mismo Ego, o triple espíritu (no tres espíritus,
sino tres fuerzas de un espíritu único) y una más, la
final, que lo hace respecto de la mente. La
introducción, que dice "Padre nuestro, que estás en
los cielos", en realidad no conforma sino una mera y
cabal introducción, algo sinónimo a la dirección que
pudiéramos poner sobre la cubierta del sobre de una
carta que tuviésemos intención de enviar a alguna
parte a su destinatario.
Siendo tal su estructura, pasemos a continuación a
analizar sus partes una a una. Tras la invocación de
hacia dónde se dirige, enseguida, mediante el
vehículo inferior de nuestro triple espíritu, el Espíritu
Humano, nos acercamos para adorar al aspecto
inferior y en correspondencia de la deidad, el
Espíritu Santo (Jehová) al decir: "Santificado sea Tu
Nombre".
Por medio de nuestro segundo vehículo o fuerza del
triple espíritu, cual es el Espíritu de Vida, nos
postramos ante su correspondiente contraparte, el
Hijo, (Cristo) y decimos: "Venga a nosotros tu reino".
Y, ante el Padre, nuestro tercer aspecto del Yo
Superior, el Espíritu Divino, se arrodilla y dice:
"Hágase Tu voluntad".
Entonces, y llegados aquí, es cuando el Espíritu
Divino pide al Padre, el más elevado aspecto de la
deidad, por nuestra parte más densa o contraparte, y
pide: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy".
El Espíritu de Vida, continúa la súplica ante el Hijo y
pide por su contraparte en la naturaleza inferior, el
cuerpo vital, diciendo: "Perdónanos nuestras deudas
así como nosotros perdonamos a nuestros
deudores".
Y por fin el Espíritu Humano, nuestro aspecto
personal divino inferior, pide a la deidad por su
correspondiente contraparte, el cuerpo de deseos,
de la siguiente manera: "No nos dejes caer en la
tentación".
Para finalizar, nuestros tres aspectos se acercan, se
aúnan, para postrarse ante Dios para rogar con esta
oración: "Más líbranos del mal".
Los Guías de la humanidad han proporcionado
siempre a los hombres motivaciones suficientes para
que pudieran obrar y obtener experiencias por medio
de las cuales pudieran aprender y evolucionar. El
Amor, la Fortuna, la Fama y Poder constituyen los
cuatro asientos sobre los que descansan todas las
ambiciones humanas, de modo que aislados o
conjuntamente han estado presentes en todos y
cada uno de los eventos que han conformado la
historia global e individual de la humanidad, y siendo
el deseo a la vez motor y tentador en las almas, a él
corresponde la idea de venganza, que en forma de
memoria imprime en el cuerpo de deseos. En
consecuencia controlar y dominar el cuerpo de
deseos es de la mayor importancia en quien aspire a
gobernarse a sí mismo. Más útil a estos efectos que
las meras oraciones dictadas por la iglesia, ello
podrá alcanzarse mediante la concentración en altos
y nobles ideales y vigorizando el cuerpo vital, salvo
en aquellos casos en que la oración se deba a una
devoción de una gran pureza, pues aquélla llevará
sin duda el aliento del devoto ante el mismo trono de
la deidad.
En consecuencia, y bajo este prisma de carácter
estrictamente espiritual, al igual que decimos que el
amor al que debe aspirar el alma debe estar referido
a todos los seres de la humanidad; que la fortuna a
que se aspire debe encuadrarse en cuanto al
número de oportunidades para servir a los demás, y
la fama deberá atender a la capacidad hallada para
dar y trasmitir la buena nueva, tocante al amor y al
servicio que se desean prestar, el poder debe
consistir, en conclusión y en definitiva, en aquél que
se ejerce propiciando prácticas que sirvan para
ayuda y mejora de la humanidad.

*
del libro "Los Rosacruces" de Antonio Justel

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