humana compasión y amor

”el
propósito de la vida no es felicidad sino experiencia"…


Ningún hombre ama a Dios si aborrece a sus semejantes,
Quien pisotea el corazón o el alma de su hermano;
Quien busca encadenar, nublar o ensombrecer la mente
Con miedos del infierno, no ha percibido nuestra meta.
Dios nos envió todas las religiones benditas
Y Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida,
Para dar descanso al de pesada carga
Y paz para el dolor, el pecado y la lucha.
Contemplad al Espíritu Universal que ha llegado
A todas las iglesias, no a una solamente;
En la mañana de Pentecostés una lengua de fuego
Rodeando a cada apóstol como un halo brilló.
Desde entonces como buitres famélicos y voraces,
Hemos combatido a menudo por un nombre sin sentido,
Y buscado dogmas, edictos o credos,
Para enviarnos los unos a los otros a la hoguera.
¿Está Cristo dividido entonces? ¿Fue Pedro o Pablo,
Para salvar al mundo, clavado al madero?
Si no, ¿por qué, entonces, tales divisiones?
El amor de Cristo abarca tanto a vosotros como a mí.
Su puro dulcísimo amor no está confinado
Por credos que segregan y levantan una muralla.
Su amor envuelve y abraza a toda la humanidad,
No importa lo que nosotros nos llamemos de Él.
Entonces, ¿por qué no aceptar Su palabra?
¿Por qué sostenemos credos que nos separan?
Sólo una cosa importa ser oída;
Que el amor fraterno llene todos los corazones.
Sólo hay una cosa que el mundo necesita saber,
Sólo hay un bálsamo para todos los dolores humanos,
Sólo hay un camino que conduce hacia los ciclos,
Este camino es: humana compasión y amor.
--Max Heindel

ver vídeo: CREDO o CRISTO

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del libro Concepto Rosacruz del Cosmos de Max Heindel

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lunes, 26 de mayo de 2014

Época Atlante



Época Atlante

Tras haber efectuado más arriba anotaciones más o
menos amplias acerca de las épocas Polar,
Hiperbórea y Lemúrica, y una vez documentados en
cierto modo en torno al modo y al porqué de la
evolución a través de los distintos períodos con sus
numerosísimas modificaciones, estimamos oportuno
traer a colación esta época, la Atlante, la
inmediatamente anterior a la actual, la Aria, y ello no
sólo por cuanto hace a la cercanía evolutiva en sí,
sino por cuanto de mítica haya podido ser
considerada desde la antigüedad griega, una vez
mencionado dicho continente por el iniciado y
filósofo Platón.
La desaparición de Lemuria estuvo ocasionada tanto
por los cataclismos geológicos como por una
actividad volcánica incesante; pero el continente que
en su lugar surgió, la Atlántida, justo en el corazón
que el Océano Atlántico ocupa, difería mucho, como
no podía ser menos, de nuestro hábitat actual,
radicando sus más importantes contrastes en la
composición de su atmósfera y su agua. Que por
qué su atmósfera se encontraba cargada de una
pesada y densa niebla, es fácil de deducir si
indicamos que desde el norte, procedentes del polo,
llegaban incesantes témpanos de hielo, mientras
que del sur planetario lo hacían ardientes corrientes,
procedentes de la actividad desmesurada de los
volcanes. Este choque o confrontación dio como
resultado la atmósfera de ese tiempo, una atmósfera
con desmesurada cantidad de agua en suspensión,
en la que, por otra parte, el contenido de aire, en
proporción, era mucho más alto que el que contiene
hoy.
En consecuencia, a través de atmósfera semejante,
apenas si brillaba el sol, y si aparecía, lo hacía con
una luz tenue y rodeada de un halo vaporoso como
a veces vemos la luna o lo hacen las bombillas de
nuestro mundo en los días de abundante niebla.
Este motivo hacía que la visión en la distancia fuese
muy corta y que las líneas de los objetos
apareciesen verdaderamente atenuadas y borrosas.
En este contexto, mejor que aquélla que obtenía del
medio exterior, el hombre atlante sólo podía regirse
de forma más certera a través de su visión interna.
Por ende, y de manera análoga, el ahombre atlante
también difería enormemente del hombre del día.
Así, apenas disponía de frente, dado que su cerebro
no había adquirido aún desarrollo frontal; por tanto,
su cabeza huía hacia atrás desde la parte
inmediatamente superior a los ojos. De otra parte,
era un verdadero gigante, pues proporcionalmente
sus brazos y piernas eran mucho más largos que su
cuerpo, y se desplazaba de manera similar a como
lo hacen los canguros, dando saltos. Las orejas de
los atlantes se separaban ostensiblemente de la
cabeza, sus ojos eran parpadeantes y diminutos, y
su cabello, lacio y negro, describía una sección
redonda y no oval, cual es la de las actuales razas
arias.
De este modo, y en las condiciones en que se
producía en aquél entonces la evolución, los
vehículos superiores del hombre no se hallaban en
posición concéntrica respecto del cuerpo denso, por
lo que el espíritu se encontraba parcialmente fuera,
motivo por el que no podía dominarlo, tal cual
podemos hoy. Por ejemplo, la cabeza perteneciente
al cuerpo vital se mantenía más arriba que la
correspondiente al cuerpo físico, por lo que aquel
dominio devenía imposible, dado que para ello debe
existir coincidencia y ajuste pleno en cierto punto
superciliar entre ambos (asiento del Espíritu Divino)
y que el hombre se torne consciente respecto del
mundo físico que lo rodea. Debido a este motivo,
nuestro hombre atlante gozaba de una visión -
similar aún a laque tuvo el hombre lemur - más
amplia en los mundos internos que en el externo,
con el añadido de la atmósfera citada y aquella
neblina que señalábamos con agua en suspensión.
Del hombre atlante podríamos decir que era
realmente un hombre del agua, sin que por ello
viviese o viniese de ella.
De esta suerte, y a medida que ambos puntos
citados, el del cuerpo vital y el del cuerpo denso
fueron acercándose, el hombre fue perdiendo el
contacto y la conciencia de los mundos internos, los
cuales se expresaban cada vez en él con mayor
oscuridad, si bien, y en el mismo grado, los mundos
externos iban adquiriendo más y más claridad. La
aclaración final tuvo lugar en el último tercio de esta
época: los puntos de referencia habían por fin
coincidido. La trascendencia sería enorme: por
primera vez aparecía el hombre plenamente
consciente.
Queremos reseñar que una de las particularidades
de aquel incipiente y primer hombre atlante - cuando
aún no era poseedor perfecto de una visión y
percepción externa - consistió en que, si bien no
veía completamente bien, sí "veía" en cambio el
alma de sus oponentes con sus correspondientes
atributos, capacidad que le permitía, tanto frente a
sus coetáneos como respecto de los animales,
tomar de manera oportuna posiciones de defensa,
puesto que dentro de sí mismo podía detectar el
modo en que debía reaccionar en cada uno de
semejantes momentos en particular. De ahí que, una
vez perdida semejante visión y facultad respecto de
los mundos espirituales, el hombre atlante padeciera
una gran añoranza, a la vez que una larga y honda
tristeza. Fue el momento en que se le dio, tanto
como medio para mitigar sus aspiraciones, como de
instrumento para ponerse en contacto con su Dios,
el Tabernáculo en el Desierto. Es, pues, el tiempo de
los semitas originales, quinta raza de esta época,
germen de todas las posteriores y, aún presentes,
razas arias.

*
del libro "Los Rosacruces" de Antonio Justel

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