humana compasión y amor

”el
propósito de la vida no es felicidad sino experiencia"…


Ningún hombre ama a Dios si aborrece a sus semejantes,
Quien pisotea el corazón o el alma de su hermano;
Quien busca encadenar, nublar o ensombrecer la mente
Con miedos del infierno, no ha percibido nuestra meta.
Dios nos envió todas las religiones benditas
Y Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida,
Para dar descanso al de pesada carga
Y paz para el dolor, el pecado y la lucha.
Contemplad al Espíritu Universal que ha llegado
A todas las iglesias, no a una solamente;
En la mañana de Pentecostés una lengua de fuego
Rodeando a cada apóstol como un halo brilló.
Desde entonces como buitres famélicos y voraces,
Hemos combatido a menudo por un nombre sin sentido,
Y buscado dogmas, edictos o credos,
Para enviarnos los unos a los otros a la hoguera.
¿Está Cristo dividido entonces? ¿Fue Pedro o Pablo,
Para salvar al mundo, clavado al madero?
Si no, ¿por qué, entonces, tales divisiones?
El amor de Cristo abarca tanto a vosotros como a mí.
Su puro dulcísimo amor no está confinado
Por credos que segregan y levantan una muralla.
Su amor envuelve y abraza a toda la humanidad,
No importa lo que nosotros nos llamemos de Él.
Entonces, ¿por qué no aceptar Su palabra?
¿Por qué sostenemos credos que nos separan?
Sólo una cosa importa ser oída;
Que el amor fraterno llene todos los corazones.
Sólo hay una cosa que el mundo necesita saber,
Sólo hay un bálsamo para todos los dolores humanos,
Sólo hay un camino que conduce hacia los ciclos,
Este camino es: humana compasión y amor.
--Max Heindel

ver vídeo: CREDO o CRISTO

*
del libro Concepto Rosacruz del Cosmos de Max Heindel

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CONCEPTO ROSACRUZ DEL COSMOS

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Max Heindel

Departamento de Curacion de The Rosicrucian Fellowship

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sábado, 12 de junio de 2010

LAS CASAS




LAS CASAS

Como se ha dicho ya, las “casas son divisiones de la Tierra” y, por lo tanto,
se las llama también “Casas Mundanas” para diferenciarlas de las “Casas
Celestiales”, es decir, los doce signos del Zodíaco; pero generalmente están
designadas solamente como “casas”.

Es el ángulo del rayo estelar el que determina su efecto en nuestra vida, los
planetas que están sobre el Este afectan nuestra constitución física; los planetas
en el Sur cerca del cenit son factores para el bien o para el mal en lo que respecta
a nuestras posiciones sociales. Si un planeta está poniéndose en el Oeste en el
momento de nuestro nacimiento sus rayos se ponen en contacto con nosotros de
modo que nos atraiga un determinado tipo como compañero de matrimonio, y los
planetas bajo la Tierra, en el Norte, accionan sobre nuestro estado en la última
parte de la vida.

Supongamos, para ilustrar este punto, que alguien ha nacido al salir el Sol,
cuando el Sol y Júpiter están en conjunción. Entonces nos envía sus rayos desde
el ángulo oriental y nos da vitalidad espléndida. Otro nacido en el mismo día, al
mediodía, cuando Júpiter y el Sol están en el cenit puede tener un cuerpo muy
débil si otros planetas en el Este están en posición adversa; pero los rayos del Sol
y de Júpiter cayendo en el horóscopo de este nacimiento desde el Sur atraerán
hacia él la atención en su esfera social y le harán el mimado y el depositante del
honor y del favor públicos. Otro nacido en el mismo día, cuando el Sol y Júpiter se
están poniendo en el Oeste, puede ser un fracasado si los planetas en el Este y en
el Sur así lo decretan; pero los rayos benéficos del Sol y Júpiter desde el ángulo
occidental le harán perfectamente amado de su compañero de matrimonio y
tendrá mucho éxito en sus relaciones comerciales. Estos factores han sido
determinados por la observación y por el cálculo; por lo tanto, las doce secciones
del círculo de observación como se ven desde el lugar del nacimiento se dice
ciertamente que rigen o gobiernan diferentes departamentos de la vida y de este
modo las personas nacidas en un mismo día pueden tener experiencias las más
diversas.
Las “casas” pueden ser agrupadas diversamente en armonía con la
influencia que ejercen en nuestra vida; se llaman casas “angulares”, “sucedentes”
y “cadentes”, así como personales, espirituales, materiales, sociales, místicas.
De las “angulares”, la casa primera gobierna nuestra propia persona, y su
opuesta, la casa séptima, rige a aquél que está más cercano y es más querido
para nosotros, es decir, el compañero de matrimonio. La casa cuarta determina las
condiciones de nuestro hogar, y su ángulo opuesto, la casa décima, indica nuestro
estado social y la comunidad en que vivimos. De este modo los ángulos muestran
colectivamente la esfera de nuestra actividad en la vida.
De las “casas sucedentes” la segunda indica nuestro estado financiero
acerca de lo que hemos adquirido por nuestro propio esfuerzo y la casa sucedente
opuesta, la octava, indica aquello que podemos recibir de otros como legados, etc.
Las otras casas sucedentes, la quinta y undécima, indican el modo en que
gastaremos nuestras rentas, pues la casa quinta indica los hijos de nuestro cuerpo
que tienen una parte legítima en nuestras rentas y la casa undécima indica los
hijos de nuestro cerebro, es decir, nuestras esperanzas, deseos y aspiraciones,
que también tienen influencias y se nutren de nuestros recursos.

De los dos pares de “casas cadentes”, la sexta es la casa del servicio
voluntario que nosotros realizamos, es decir, nuestra cooperación en el trabajo del
mundo por una parte equivalente de sus riquezas, y la casa duodécima indica el
modo en que nosotros podemos vernos competidos o estar obligados a trabajar
sin remuneración alguna, bien por tener que estar constreñidos en una prisión si
nosotros no trabajamos voluntariamente. La casa sexta indica también el estado
de nuestra salud y la duodécima nos dice si es necesario un tratamiento o
estancia en hospital.

El otro par de “casas cadentes”, la tercera y novena, indica si nuestra vida y
trabajo se verán confinados a un tolo lugar o recurriremos a cambios de
residencia. En este respecto la casa tercera indica los viajes cortos y la novena las
largas jornadas.

Las “casas personales” comprenden la primera, quinta y novena. La casa
primera gobierna la constitución y la peculiar conformación de nuestro cuerpo
físico. Los planetas y signos en tales casas ponen su estampa en el cuerpo para
ayudarnos o mostrarnos un obstáculo en armonía con la naturaleza del destino
generado por nosotros mismos. Nuestra casa quinta indica las cualidades de la
naturaleza de amor de nuestra alma y las líneas de su expresión de seguirse las
líneas de menor resistencia, y la casa novena indica lo que el espíritu puede
aprender en su limitado estado actual.
La “trinidad de casas materiales” consiste en la segunda, sexta y décima
e indica las posesiones mundanas del hombre, sus medios de obtenerlas y la
felicidad que obtenga de ellas. La riqueza o lo contrario, está indicada por la casa
segunda; y la salud, sin la cual no puede haber ninguna felicidad ni gozar de las
posesiones materiales, está indicada por la casa sexta: y el prestigio público que
es el ordinario origen de la satisfacción para casi todos los seres humanos está
indicado por la casa décima.
Las “casas sociales” son la tercera, la séptima y undécima y en ellas está
indicada la naturaleza de nuestras relaciones con las diferentes clases de alma
que nosotros encontramos en la vida.
Los hermanos con quienes estamos unidos por el lazo de la sangre están
indicados por la casa tercera; el compañero de nuestro corazón con el cual
nuestra sangre se mezcla por otros caminos distintos está indicado por la casa
séptima y los amigos, más preciosos que perlas para quienes anhelamos la
amistad, están designados por la undécima.
La cuarta y última trinidad de casas está compuesta por la cuarta, octava y
duodécima. En ellas citan ocultos los misterios de la vida antenatal del espíritu, y
las experiencias post-mortem que siguen inmediatamente al término de la vida. En
el plano material la casa cuarta significa nuestra condición en la última parte de la
vida; la duodécima indica la tristeza y el dolor que nos impresiona con la futilidad
de las cosas materiales y la octava indica la naturaleza de nuestra salida del
escenario mundial.
Una ilustración puede servir de gran ayuda al estudiante para comprender
cómo los cielos influyen en nuestra vida por medio de las doce casas.
Supongamos que nosotros estarnos conduciendo un vehículo y nuestro camino
sigue la costa del mar, pero una milla o cosa así hacia el interior. Corre una brisa
que viene desde el Océano y a medida que pasa sobre el campo que nos separa
a nosotros del mar, nos trae en sus alas invisibles mensajes de aquella tierra que
evocan en nosotros placeres o disgustos en armonía con su naturaleza. En un
lugar un aroma de heno recién segado nos deleita: acaso sintamos náuseas por
un olor nocivo de jazmín en la próxima parte de nuestra jornada y últimamente nos
pongamos realmente enfermos por la fetidez del agua estancada de una ciénaga.
Pero cuando penetramos en un bosque, pronto los perfumes del pino restauran el
estado normal de nuestra salud y de nuestro espíritu.
En nuestra jornada o viaje de la cuna a la tumba llevamos las doce casas
con nosotros en la atmósfera del aura que nos rodea, así como el aire envuelve a
la Tierra. Cada casa refleja una parte de nuestra vida, cada cual contiene algo de
las lecciones que tenemos que aprender; cada una representa el modo en que
hemos eludido o cumplido nuestras obligaciones en los departamentos de la vida
a que se refieran. En un momento determinado de la vida nosotros cosechamos
de cada casa, lo que hemos sembrado en ellas en vidas pasadas, es decir, a
menos que hayamos previsto la cosecha o la recolección con oportunidad, ¡Se
halla nuestra casa undécima afligida, los amigos nos traicionan u olvidan, se
separan de nosotros con el corazón dolorido, o nos producen náuseas al igual que
el olor del jazmín y del agua estancada! Si así es, examinemos nuestro horóscopo,
pues él nos revela lo que hay oculto en nuestra atmósfera áurica. Los amigos nos
sienten y nosotros a ellos por medio del ángulo de la casa undécima, lo cual indica
que algún olor repugnante debe haber allí. Puede ser que nosotros deseemos el
ser favorecidos en vez de procurar favorecer nosotros a los demás. Veamos el
medio de no ser semejantes al olor del jazmín que debilita y enferma y busquemos
el manifestarnos como el olor del pino que vigoriza y añade fortaleza y vida, y
entonces veremos cómo los amigos nos rodean y admiran nuestra fortaleza. No
todos nosotros tenemos estas fuertes naturalezas, pero todos podemos atraer
igualmente por nuestra bondad, para aliviar de pesares a los corazones como el
perfume u olor del heno recién segado y de este modo lograremos librar a nuestra
casa de los amigos de la aflicción.


Una vez dada la explicación anterior, puede decirse que las casas tienen
una influencia sobre nuestros negocios de la vida, como sigue:

La casa primera. — Rige el cuerpo físico y su constitución y apariencia;
determina las condiciones domésticas de nuestra infancia mientras la persona se
halla bajo el control de sus padres.

La casa segunda. — Gobierna el dinero, la fortuna financiera, e indica lo
que una persona ha adquirido por su esfuerzo individual y hasta un punto
determinado el uso que hará de ello.

La casa tercera. — Rige los hermanos, los vecinos y la mente instintiva; los
escritos, las jornadas cortas y el modo de locomoción de los viajes.

La casa cuarta. — Es la de los padres que ejercen la influencia menor en
la vida de la persona, las condiciones de la vida en su última parte, los edificios,
tierras y minas, y todo aquello que pertenece a la Tierra.

La casa quinta. — El amor, cortejos y la vida licenciosa, la atracción
legítima y la ilegítima y las relaciones sociales entre los dos sexos antes del
matrimonio; los hijos, institutos de educación, libros y periódicos, deportes y
diversiones: rentas y especulación.

La casa sexta. — La salud y el servicio que debe rendir la persona y
también las condiciones y fidelidad de aquéllos que nos sirven.

La casa séptima. — El compañero de matrimonio, el público en general,
los competidores, las asociaciones, los inconvenientes de los litigios y los rivales.

La casa octava. — La muerte, los legados, las finanzas del compañero de
matrimonio, las habilidades ocultas o las facultades latentes pero cercanas y listas
para su manifestación.

La casa novena. — La religión, la experiencia y aspiraciones espirituales,
los ensueños y visiones, los viajes largos y las leyes.

La casa décima. — El pariente que ejerce mayor influencia en la vida de la
persona; el honor y el estado social del individuo; su empleador, su juicio y su
autoridad.

La casa undécima. — Los amigos, los compañeros y los que nos quieren
bien, las esperanzas, deseos y aspiraciones, generalmente de naturaleza material
y también los hijastros.

La casa duodécima. — La confinación en los hospitales o prisiones, los
enemigos secretos y los complots, los dolores y el desfallecimiento y la ruina
propia del nativo.

***

del libro "El Mensaje de las Estrellas" de Augusta Foss de Heindel y Max Heindel

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