humana compasión y amor

”el
propósito de la vida no es felicidad sino experiencia"…


Ningún hombre ama a Dios si aborrece a sus semejantes,
Quien pisotea el corazón o el alma de su hermano;
Quien busca encadenar, nublar o ensombrecer la mente
Con miedos del infierno, no ha percibido nuestra meta.
Dios nos envió todas las religiones benditas
Y Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida,
Para dar descanso al de pesada carga
Y paz para el dolor, el pecado y la lucha.
Contemplad al Espíritu Universal que ha llegado
A todas las iglesias, no a una solamente;
En la mañana de Pentecostés una lengua de fuego
Rodeando a cada apóstol como un halo brilló.
Desde entonces como buitres famélicos y voraces,
Hemos combatido a menudo por un nombre sin sentido,
Y buscado dogmas, edictos o credos,
Para enviarnos los unos a los otros a la hoguera.
¿Está Cristo dividido entonces? ¿Fue Pedro o Pablo,
Para salvar al mundo, clavado al madero?
Si no, ¿por qué, entonces, tales divisiones?
El amor de Cristo abarca tanto a vosotros como a mí.
Su puro dulcísimo amor no está confinado
Por credos que segregan y levantan una muralla.
Su amor envuelve y abraza a toda la humanidad,
No importa lo que nosotros nos llamemos de Él.
Entonces, ¿por qué no aceptar Su palabra?
¿Por qué sostenemos credos que nos separan?
Sólo una cosa importa ser oída;
Que el amor fraterno llene todos los corazones.
Sólo hay una cosa que el mundo necesita saber,
Sólo hay un bálsamo para todos los dolores humanos,
Sólo hay un camino que conduce hacia los ciclos,
Este camino es: humana compasión y amor.
--Max Heindel

ver vídeo: CREDO o CRISTO

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del libro Concepto Rosacruz del Cosmos de Max Heindel

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martes, 17 de septiembre de 2013

DIOS: ORIGEN Y FINALIDAD DE LA EXISTENCIA


CARTA Nº 86
Enero de 1918


DIOS: ORIGEN Y FINALIDAD DE LA
EXISTENCIA

Nos encontramos otra vez sobre el umbral de un nuevo año, una época en que es costumbre el formar resoluciones de nuestros anhelos y aspiraciones. Como quiera que los estudiantes de las enseñanzas rosacruces deben estar especialmente interesados en el.asunto del desarrollo espiritual, he pensado que las
consideraciones que siguen pueden serles en esta ocasión muy provechosas.
La palabra "santidad" se ha asociado en la mente de muchas personas con la idea de que la gente de tal naturaleza posee una cara larga y un temperamento hipócrita y como consecuencia de esto los hombres están, generalmente, muy mal dispuestos contra aquellos que hacen profesión de santidad. Pero esto, como es natural, no es la verdadera marca. El hombre realmente santo no es un aguafiestas ni un marchitador de
alegrías y regocijos, no es indolente en sus negocios; cumple completamente con su deber, tanto en su hogar
como en su trabajo y pone toda su alma en sus trabajos; es un valioso modelo de fidelidad y generalmente es respetado por todos aquellos que le conocen, porque sus acciones hablan más alto que las palabras que inspiran elogios. Es muy cuidadoso en todos los tratos con sus semejantes, esforzándose en deber a los que con el se rozan solamente amor y siempre listo y ansioso para ayudar a los otros; es, en resumen, un hombre
modelo en todos los aspectos de la vida.
Pero esta vida de mundana rectitud no es en sí misma una prueba de santidad. Hay muchas personas
espléndidas en el mundo que llevan unas vidas modelo por razones de ética y se comportan de manera que
inspiran respeto a todos los que las conocen. También son caritativas y se destacan, en armonía con su
opinión, en todos los trabajos relacionados con ellos. Sin embargo, repetimos, no es esta la prueba. La
prueba que señala la diferencia entre el hombre modelo meramente y el, en realidad, santo, se ve en las horas
de ocio cuando el deber ha quedado cumplido y la obligación de nuestras profesiones terminada en aquel
día. En aquel momento se verán los caminos tan distintos que siguen la parte mundana y la parte santa, pues
en aquella hora el hombre de mundo perseguirá. la diversión, recreos y placeres para dar una salida a su
energía, o quizá irá en busca de su vicio favorito en concordancia con la inclinación de su mente o con sus
medios económicos. Pueden ser simplemente juegos o deportes, o bien canto y música, teatros, tertulias, o
cualquier otro medio que el cree le proporciona un buen pasatiempo.
Pero el hombre santo es como el acero tocado con la piedra imán y obligado forzosamente a dirigir su punta
al polo. Una vez que el corazón ha sido tocado por la piedra imán del amor de Dios, el deber le lleva hacia
los negocios del mundo que requieren legítimamente nuestra atención. El hombre santo no solamente no rechaza sus obligaciones, sino antes bien, se excede en su cumplimiento y llenándolas mejor y más conscientemente que antes de entregarse a servir a Dios. Al mismo tiempo nota inconscientemente el impulso y anhelo de volver mentalmente a comulgar con el Padre, lo cual es análogo a la forma por la que la aguja de acero imantada que ha estado alejada por alguna presión, de la dirección del Norte, vuelve hacia
ella en el momento de quedar libre. En el momento en que la llamada del deber ha quedado contestada perfectamente y la presión levantada por aquel momento, los pensamientos del hombre santo se vuelven automáticamente hacia la Divinidad. Una marcha en el tranvía de o hacia los negocios es un momento muy oportuno para una meditación de esta clase, y el tiempo que empleamos en la espera de algún amigo se
puede utilizar con este propósito también. En efecto, no se le presenta al hombre santo ningún momento de libertad de los negocios del mundo sin que sus pensamientos giren instantáneamente hacia su origen y meta:
Dios.
Hemos oído de hombres que han estudiado leyes en los tranvías, con ocasión de ir o volver de sus negocios; otros han aprendido idiomas, utilizando los ratos de ocio que otras gentes desperdician con pensamientos errantes, sin finalidad ni objeto. Aprendamos, pues, de aquéllos la lección que su conducta nos ofrece y durante el próximo año practiquemos la costumbre de volver nuestros pensamientos hacia Dios durante los
momentos libres que tengamos. Si lo practicamos fielmente, nos veremos mucho mas adelantados en el camino que lleva al desarrollo del alma.

del libro "Cartas a los Estudiantes", de Max Heindel

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